Ya eran las 20:14 y el reloj amenazaba con terminar el período de cortesía establecido. Ya se le estaba acabando la paciencia y quedaban los últimos sorbos de café cuando las puertas del local se abrieron y apareció una muchacha que no aparentaba más de 25 años. No la conocía, eso seguro, y deseó por unos momentos que fuera su acompañante. Aquella nota y su correspondiente dueña le estaban volviendo loco desde hacía varias noches, no podía dormir, y la migraña, olvidada desde hace años no paraba de hacerle sombra para atacarle en el momento más inesperado.
Pablo recogió las cosas y se fue, definitivamente hoy no era su día.
sábado, 4 de junio de 2011
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